viernes, 14 de diciembre de 2007

Olores...


Aún, una semana después de que él incursionara cada espacio en aquella cama, perduraba su olor en la almohada; ella, sin embargo iba notando que con el pasar de los días se iba debilitando cada vez más, hasta que una noche, como todas las demás, se desnudó rápidamente, se calzó su musculosa que suplantaba el camisón (no leyó ningún libro, hacia tiempo ya que solo la obsesionaba oler su almohada, por lo que había resignado todas aquellas actividades que le proveían un placer extra en su cama por una sola de mayor placer...) y se sumergió velozmente en la cama, no se preocupó por doblar la sábana como solía hacerlo, por acomodarse en su habitual posición buscando los huecos del colchón, por retirar el cubrecamas sin plegarlo, por nada, solo fue al acecho de su almohada, pero descubrió que ya no quedaban rastros de aquel aroma que la había obsesionado durante semanas; se transformó, se volvió un lobo furioso, hambriento sin su presa, los dientes afilados, los ojos llenos de sangre, la respiración agitada y la total falta de razón, que quien sabe a que lejano sitio había huido.


Sudando frió y en posición de mamífero cuadrúpedo tomó la almohada y empezó a despedazarla, revolcaba minuciosamente cada mota, las separaba, las volvía a juntar, las clasificaba, se había mimetizado con ellas y ya formaban un solo entramado; cada minuto que pasaba mas la aterraba, sus ojos emanaban lágrimas de una sustancia espesa (hiel mezclada con óxido)...


Hasta que por fin la halló, allí estaba, enredada en una mota azul, casi dormida o tal vez adormecida...


Ella suspiró, sonrió y tomándola cuidadosamente, inhaló la última nota de su olor. Quiso retener ese olor en todo su cuerpo para siempre; reteniendo el aire, sonrió nuevamente, se acomodó en su posición (fetal) y ya no respiró mas...

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